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La ovejita que contaba pijamas

Noa intenta dormir cuando una ovejita blanca y esponjosa llamada Pelusa, de patitas negras, aparece junto a su cama.

  • 5 minutos
  • narradora
  • para los más pequeños (1–3)

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En su habitación tibia, la pequeña Noa ya estaba metida en la cama. Llevaba puesto su pijama favorito de estrellas amarillas. Las sábanas olían a limpio y la almohada estaba muy esponjosa. Todo estaba tranquilo, pero Noa todavía tenía los ojos bien abiertos. Miraba el techo, miraba la pared y daba vueltas bajo la manta.

Entonces sonó algo muy suave sobre la alfombra. Tap, tap, tap.

Noa asomó la nariz por encima de la sábana. Al lado de su cama había una ovejita blanca y redonda como un pompón. Tenía la lana limpia, orejas cortas y cuatro patitas negras muy graciosas.

—Hola —dijo la niña con una sonrisa—. ¿Quién eres?

La visitante dio un saltito corto.

—Soy la ovejita Pelusa —dijo en voz baja—. Y tengo un problema chiquito.

Noa se sentó despacio para escucharla mejor.

—¿Te duele una pata, Pelusa?

—No, no me duele nada —contestó la ovejita sacudiendo la colita—. Es que no puedo dormir. ¿Sabes lo que hacen los niños cuando tienen sueño?

—Mamá me dice que cuente ovejas —respondió Noa muy convencida.

Pelusa asintió con su cabeza lanuda.

—¡Exacto! Los niños cuentan ovejas blancas para cerrar los ojos. Pero las ovejas no contamos ovejas, sería muy aburrido. Nosotras contamos niños en pijama.

A Noa le dio tanta risa la idea que se tapó la boca con las dos manos.

—¿Cuentan niños en pijama?

—Sí —dijo Pelusa con tierna seriedad—. Niños que saltan una valla imaginaria para ir a soñar. Hoy he visto a un niño con pijama de rayas azules. Uno. Luego a una niña con pijama de lunares verdes. Dos. Pero después... ¡ay, después me he tropezado y he perdido la cuenta! Sin el número tres, no me llega el sueño.

Noa pensó un momento. Tenía muchas ganas de ayudar a su nueva amiga. Miró su propia ropa de dormir y luego la alfombra azul, que parecía un lago en calma.

—Pelusa, yo tengo un pijama de estrellas. Yo puedo ser tu número tres.

La ovejita dio una vuelta de alegría.

—¡Sí, por favor! ¿Puedes saltar como en mi prado?

Noa bajó con cuidado de la cama. Sus piececitos tocaron el suelo sin hacer ruido. Pelusa se colocó a un lado de la alfombra y levantó las orejas para mirar bien.

—A ver, a ver —dijo Pelusa muy atenta—. ¡Lista para saltar!

Noa dio un salto suave sobre un cojín que estaba en el suelo. ¡Hop! Cayó de pie, tambaleándose un poquito como un pingüino alegre.

Pelusa aplaudió con sus dos pezuñas delanteras:

—¡Un salto precioso! Niño número tres, con pijama de estrellas amarillas.

—¿Y ahora puedes dormir? —preguntó Noa.

La ovejita ladeó la cabeza y parpadeó despacio.

—El salto tres me ha gustado mucho, Noa. Pero mi mamá oveja siempre dice que para dormir del todo hay que llegar al cuatro. ¿Habrá un niño número cuatro por aquí?

Noa miró a la derecha. Miró a la izquierda. En el cuarto no había nadie más. Solo estaba su osito de peluche, sentado en una silla de madera. El osito no tenía pijama, pero llevaba una bufanda roja.

—Espera —susurró Noa.

Fue de puntillas hasta la silla, tomó al oso en brazos y le puso una manta pequeña como si fuera una capa de dormir.

—Aquí está el cuatro —anunció Noa—. Es el señor Oso en camisón.

Con mucho cuidado, Noa hizo saltar al oso por encima del cojín. ¡Hop!

Pelusa suspiró contenta, cerrando un ojito.

—Niño número cuatro, señor Oso con capa. ¡Qué bien salta!

La ovejita abrió entonces la boca grande, muy grande, y soltó un bostezo largo que sonó como un silbido dulce. Sus patitas negras se doblaron despacio sobre la alfombra suave.

Al verla bostezar, a Noa se le abrieron también los labios. Un bostezo contagioso subió por su garganta:

—Aaaah...

El sueño había llegado al fin, flotando como una pluma blanca.

—Pelusa, me pesan los ojos —dijo Noa.

—A mí también, Noa. Mucho, mucho —contestó la ovejita con voz pastosa.

—Ven a mi lado. Aquí la cama es grande y no se siente frío.

Noa subió de nuevo al colchón y colocó al señor Oso junto a la pared. Pelusa trepó despacito. No pesaba casi nada; parecía una nube tibia rellena de algodón. Se acomodó justo a los pies de Noa, doblando sus cuatro patitas oscuras debajo de la lana blanca.

Noa se tapó bien con la manta de estrellas. El cuarto olía a lavanda y a noche tranquila.

—Buenas noches, Pelusa.

—Buenas noches, Noa... Gracias por los saltos.

La ovejita apoyó el hocico sobre las patas. Ya no hacía falta contar más. Ni ovejas saltando vallas, ni niños con pijamas de rayas, ni estrellas amarillas en el aire.

La respiración de Pelusa se volvió lenta y acompasada. Noa cerró los ojos, abrazó su almohada mullida y las dos se quedaron profundamente dormidas.

La idea detrás de este cuento

“Noa intenta dormir cuando una ovejita blanca y esponjosa llamada Pelusa, de patitas negras, aparece junto a su cama. Pelusa explica que, mientras los niños cuentan ovejas, las ovejitas cuentan niños en pijama para dormirse, y ella ha perdido la cuenta. Noa la ayuda de una manera sencilla y graciosa hasta que las dos empiezan a bostezar.”

Purrytale usó esta idea para escribir y narrar el cuento con IA. Hazlo tuyo con el nombre de tu peque, sus personajes favoritos y una aventura nueva.

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