El secreto de las estrellas perdidas
Un audiocuento de gato para dormir, mágico, de 6 minutos, hecho con Purrytale.
- cuento de 5 minutos
- narradora
- para niños mayores (6–8)
La idea detrás de este cuento
“Lucía descubre que su gato Nube, blanco y esponjoso y de grandes ojos verdes, sale cada noche al balcón para recoger pequeñas estrellas que se han caído del cielo. Una estrellita diminuta no recuerda cuál era su rincón en el firmamento. Lucía y Nube recorren los tejados tranquilos de la ciudad siguiendo pistas de luz hasta devolverla a su sitio, y vuelven a casa cuando todo empieza a quedarse en silencio.”
Esa única frase es todo lo que hizo falta. Purrytale escribió el cuento y luego lo narró. Parte de esta idea. Cámbialo todo antes de generar.
Leer el cuento
Los niños pueden leer mientras escuchan: la vista en mayúsculas ayuda a quienes están aprendiendo a leer.
En el último piso de una casa con tejas de color terracota, vivía una niña llamada Lucía. Y junto a ella, siempre acurrucado como un pompón de algodón, dormía su gato Nube. Nube era blanco, esponjoso y tenía unos bigotes larguísimos que vibraban cada vez que la brisa nocturna acariciaba las ventanas.
Cada noche, cuando el reloj de la torre daba las diez campanadas, Nube se levantaba sin hacer el menor ruido: tip, tap, tip, tap. Caminaba de puntillas hacia el balcón.
Una noche estrellada, Lucía decidió seguirlo. Se puso sus pantuflas de terciopelo y se asomó tras la cortina. ¡Qué maravilla vio! Nube estaba sentado en la barandilla de hierro, estirando su patita hacia el aire. En el suelo del balcón brillaban tres destellos dorados, redondos y tibios, que tintineaban suavemente: ting, ting, ting.
"Nube...", susurró Lucía, arrodillándose a su lado. "¿Qué haces?"
El gato giró sus grandes ojos verdes y soltó un ronroneo hondo: "Miau... Recojo las estrellitas que resbalan del cielo, Lucía. La noche es suave, pero a veces tropiezan con las nubes."
Lucía miró las pequeñas luces. Dos de ellas brillaban con calma, pero la tercera parpadeaba nerviosa, rodando de un lado a otro como una canica inquieta.
La estrellita diminuta sonó como una campanilla triste: "Oh, no... No me acuerdo. He caído tan rápido que he olvidado cuál era mi rincón en el firmamento."
Lucía acarició el lomo de Nube y tomó a la pequeña estrella entre sus manos; era tan ligera como una pompa de jabón y olía a jazmín y a canela. "No te preocupes, estrellita," dijo con dulzura. "Nosotros te ayudaremos a volver a casa."
Nube dio un salto ágil hacia el tejado vecino y movió su cola como una bandera blanca, señalando el camino. Lucía, sintiéndose ligera y mágica como en un sueño, subió con cuidado tras él. Los tejados dormidos formaban un sendero azul bajo la luna de plata.
"¿Ves eso?", preguntó Nube, señalando una chimenea que desprendía un suave vapor brillante.
Había pistas de luz por todas partes: una hilera de chispas plateadas sobre las tejas curvas, un destello dorado en la veleta con forma de gallo, y un rastro de polvo de cometa que flotaba sobre la copa de un viejo ciprés.
Siguieron el rastro paso a paso: saltaron sobre el tejado de la panadería, donde todavía olía a pan recién horneado, y cruzaron el arco de la biblioteca. Con cada salto, la pequeña estrellita en las manos de Lucía brillaba con un poquito más de fuerza.
"¿Es allí, junto a la luna?", preguntó Lucía.
La estrella titiló dos veces: "No... más cerca de la torre más alta."
Llegaron al punto más alto de la ciudad: la cúpula del gran observatorio. El viento soplaba allí como una melodía de cuna. Lucía miró hacia arriba. El cielo era un inmenso manto azul oscuro salpicado de millones de puntos relucientes. Pero justo encima de ellos, entre la constelación del Barco y la del Pez Dorado... ¡había un hueco oscuro y solitario que parecía esperar un abrazo!
"¡MIRA!", exclamó Lucía en un susurro alegre. "¡ESE ES TU LUGAR!"
La pequeña estrella dio un brinco en sus manos, radiante de felicidad: ¡plin, plin! Brilló con una luz tan dorada, pura y hermosa que iluminó las sonrisas de Lucía y de Nube.
"Arriba, pequeña," dijo Lucía alzando los brazos hacia la noche. Nube dio un salto perfecto, impulsando una suave ráfaga de aire con sus patas traseras.
La estrellita flotó hacia arriba, subiendo, subiendo y subiendo... hasta encajar exactamente en su sitio del cielo. En cuanto ocupó su lugar, todas las estrellas alrededor pestañearon a la vez, como si dieran las gracias con un aplauso silencioso. El cielo entero pareció suspirar de contento.
Todo estaba en paz. Las luces de las farolas comenzaron a apagarse una a una, y la ciudad entera se sumergió en un silencio mullido y protector.
Lucía y Nube deshicieron el camino por los tejados tranquilos. El aire de la noche era ahora fresco y reconfortante. Al llegar de nuevo a su balcón, los dos entraron de puntillas en la habitación.
Lucía se metió bajo las mantas suaves, que estaban deliciosamente templadas. Nube saltó sobre la cama, dio tres vueltas en redondo y se acurrucó justo a sus pies, encendiendo su ronroneo más lento y suave: prrr, prrr, prrr.
Por la ventana abierta, una luz dorada y lejana guiñó un ojo amistosamente desde el cielo.
"Buenas noches, estrellita...", murmuró Lucía cerrando los ojos.
"Buenas noches, Nube..." Y la noche los cubrió con su manta de estrellas dormidas...